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La Mujer Chilena

 18-23 de mayo, 1910 — El Primer Congreso Femenino Internacional de la República, Buenos Aires, Argentina

 

Señoras, señores:

Cuán grato es a mi corazón poder alzar mi voz ante vosotras, hermanas en las ideas y compañeras en la ardorosa lucha por salir de las tinieblas a la esplendorosa luz de la ciencia y el saber.

Y al daros a vosotras y a vuestra patria mi saludo personal, os traigo también el saludo de la mujer chilena que, como vosotras, lucha en el palenque de las ideas para conquistar su mejoramiento social, económico e intelectual. Ellas han sentido en sus corazones los latidos de vuestra mente al poner ante el altar de las glorias argentinas el presente precioso de vuestra intelectualidad, y han querido compartir y fraternizar con vosotras en el gran día del Centenario de vuestra Libertad; y aquí nos tenéis demostrando con nuestra presencia que la mujer chilena desea estrechar con vosotras los lazos de unión y simpatía, que no pasan ya sobre el granito y las nieves que vela el Cristo de los Andes, sino al través de la arteria genial de las vigorosas manos de argentinos y chilenos han abierto al través de las montañas, para que juntas estas dos naciones hermanas entonen el himno del progreso.

Cuán agradecidas estamos de las heroicas y hospitalarias hijas del Plata que nos han proporcionado tan agradable oportunidad con su Congreso Femenino Internacional, el primero celebrado en la América Española.

¡Honor, pues, a las iniciadoras de tan bella idea! ¡Honor a los cerebros pensadores que han dado forma y vida a tan brillante manifestación de la intelectualidad femenina; manifestación que sólo será la nota más alta en la celebración del Centenario de la hermosa Patria Argentina, sino la nota “alta” de la mujer americana que, rompiendo las cadenas del pasado, se abre ancho campo a un hermoso porvenir, que será gloria de este suelo, orgullo de la América y admiración del mundo.

Orgullo de este suelo, porque en América es la mujer argentina la primera que se presenta a compartir en colectividad de igual a igual con el hombre los dilatados dominios del trabajo y de la ciencia.

Orgullo de la América y admiración del mundo, porque toda obra buena repercute en bien de la familia humana, y alumbra, cual faro luminoso, a los que en el mar de la vida aún no se han encauzado en las corrientes benéficas que muestra el progreso y que conduce a la verdadera felicidad.

Esa corriente benéfica está indicada a la mujer en la educación científica que la libra de todo prejuicio, porque se funda en la razón e la justicia y en la verdad moral.

A la sombra de esta gran conquista, la mujer desarrollará todos sus ideales, porque se habrá desprendido de la esclavitud de la ignorancia, que es la noche del alma, la ausencia del pensamiento, y la negación de la personalidad humana.

Y al instruir a la mujer no se crea de ningún modo que se vaya a establecer la lucha entre los sexos. ¡No! La mujer ilustrada se acercará más al compañero de su vida, lo comprenderá mejor, será la unión del cuerpo y del espíritu la que formará el hogar feliz, ese hogar donde los cónyuges no necesitan de leyes civiles ni morales para vivir juntos; porque sus almas están unidas de tal modo que el uno es la vida del otro.

Actualmente existe en la vida de la mujer una fuerte de infelicidad, y no es necesario pensar mucho para descubrir su origen. En primer lugar está la ignorancia misma de la mujer, los prejuicios sociales y que las costumbres actuales no corresponden al nuevo ambiente de la civilización.

Se hace necesario estudiar esas costumbres y cambiarlas por otras nuevas que estén en armonía con la realidad de la vida, con las exigencias de la naturaleza humana y con las aspiraciones nobles del sentimiento moral innato, en el corazón de la mujer.

La mujer es la madre de la humanidad, en su mano está dar nuevos rumbos a las costumbres para que éstas le den mayor felicidad.

Novicow dice que si las costumbres sociales no aseguran gran suma de felicidad, es porque no están conformes con la naturaleza de las cosas, y agrega que el error engendra el dolor, como la verdad el goce.

Hay, pues, que estudiar las antiguas costumbres sociales y evolucionar hacia aquellos que aseguren el máximum de felicidad a los dos sexos.

A vosotros mujeres estudiosas os corresponde hacer la gran conquista de la felicidad humana.

Dejad que el hombre atraviese el espacio infinito, que encadene los mares, que transmita el pensamiento por las ondas hertzianas, perfore las montañas, que arranque a la Naturaleza el secreto de la vida; mientras vosotras os eleváis por medio del espíritu cultivado hasta su grandeza para premiarle su constancia y el trabajo, con la felicidad del corazón, única recompensa que llena las aspiraciones del alma.

Pero, para dar esa felicidad tenéis mucho que batallar. Cada conquista representa una lucha. Para obtener la libertad del suelo patrio. Hay que recordar los sacrificios que de su sangre hicieron en los campos de batalla los héroes del valor. Para la heroica Patria Argentina se levantan en el templo de la gloria las figuras de Belgrano, San Martín, Pueyrredón, y otros; para la patria chilena, O´Higgins, Carrera, Rodríguez y el mismo San Martín que dejó por herencia a estas naciones hermanas el recuerdo de su valor y la nobleza de su alma.

Cada nación tiene sus héroes; y ellos viven en el cofre de oro de los recuerdos y de la gratitud de los pueblos, pero hay que hacerse dignos de esa libertad, hay que completar la obra, conquistando con el libro, que es la luz, y con la pluma, que es la espada del pensamiento, en la lucha serena de las ideas, esa otra preciosa libertad, sin la cual no valdría la primera la libertad de pensar, la libertad de sentir y la libertad de obrar conforme a la razón y a los innegables derechos de cada ser nacido bajo la bandera de la República, que es la insignia de los pueblos libres.

La mujer debe conseguir esta triple libertad que por sí sola, cambiaría su condición en el mundo. Aprendería a pensar, sentir y obrar por sí sola; se formaría su propia personalidad y llegaría a ser no sólo la madre que cría los hijos, como algunos pretenden, sino que sería la esposa respetada, la amiga cariñosa, la mentora consultada, es decir, la otra mitad del alma del compañero del hogar.

Alguien ha dicho: “Donde hay una voluntad hay un camino”. La mujer quiere y tiene voluntad para hacer esas preciosas conquistas del espíritu, sólo que para llegar a ellas es necesario recordar que la unión hace la fuerza y que ésta conduce a los más brillantes resultados, nos lo están demostrando en este momento la Sociedad Universitarias Argentinas que, mediante la unión y perseverancia en el trabajo, ha podido realizar esta bellísima manifestación intelectual que representa el Congreso Femenino Internacional. Él nos permitirá conocernos, cambiar de ideas y trabajar por el mejoramiento de la mujer en su vida social, económica, física, moral e intelectual. Todas venimos animadas de los mismos propósitos, todas aspiramos al bien general de la colectividad humana y al mejoramiento de la raza; pero, si al terminar las sesiones del Congreso, cada una vuelve a su patria o a sus hogares sin dejar ningún lazo de unión entre nosotras, no habremos conseguido lo que realmente queremos. Lo que aquí hemos dicho, podrá repercutir más o menos, hará su pequeña obra, y poco a poco irá perdiéndose en la noche del tiempo, y la oscuridad de la mente de la mujer, su desmedrada situación, su angustiada vida económica, la diferente moral de los sexos y las tristezas del alma de las que gimen bajo el duro yugo de las desigualdades sociales y morales continuarán entronizándose siglos tras siglos, tal como han llegado hasta nosotros.

No, señoras, dejemos algo duradero, algo sólido, algo que diga a la sumisa esclava de los prejuicios y de las costumbres inhumanas que hay otras almas que sufren porque ellas sufren, que sienten sus penas y sus dolores, y que están dispuestas a trabajar incansables hasta obtener la igualdad de los derechos que la justicia, que la razón y que el progreso señalan a la mujer en la vida material y en el banquete del espíritu.

Para conseguir estos fines unámonos en una Federación Femenina Latinoamericana todas la hijas de América Española para que, bajo una sola bandera y animadas de un mismo propósito, lleguemos a conquistar para la mujer el puesto que le corresponde en el concierto de la civilización y para que juntas trabajemos por la paz universal, bajo cuya blanca bandera progresa el espíritu y los pueblos se levantan grandes y vigorosos por el trabajo y ennoblecidos por la ciencia, madre de la luz y madre de la verdad.

Cobijémonos bajo su purísima bandera y a su sombra bendita emprendamos la noble tarea de trabajar para la felicidad y bienestar de la mujer, por la prosperidad del hogar y el engrandecimiento de la Patria.

 

 

Fuente: Primer Congreso Femenino, Buenos Aires 1910. Historia, Actas y Trabajos, pp. 67-73.